AutoBio 1: De cero a diez

Nací el 4 de septiembre de 1989. Mi madre casi me tiene en el puesto de periódicos de la esquina del hospital 20 de Noviembre.

Hoy me encuentro sufriendo una crisis por querer consumir cocaína, por lo que mi relato comienza aquí.

Yo era perfecta, o eso es lo que recuerdo: una niña amable, tierna, honesta, fiel. Sin embargo, no recuerdo muchas interacciones con la gente y creo que eso tiene que ver con algún aspecto de mi personalidad... o algún trastorno psicológico.

Comencemos con esta historia y terminémosla pronto, porque no sirve de mucho saber lo linda que era.

Mi familia estaba compuesta por mi madre, mi padre, mi abuela materna, mi hermana mayor, un perro cocker y yo.

Comencé eliminando al cocker de mi familia, enfermándome de “parvovirus” según mis padres, y regalándola por mi culpa. Me internaron en un hospital a los 2 años, enferma del estómago, a punto de morir y cambiando mis hábitos alimenticios: de comer a no comer.
También a esa edad conocí mi estado natural: nadar.

Amo el agua. Me encanta estar debajo de ella y no escuchar más que mis pensamientos, el sonido de las burbujas saliendo de mi nariz, esa sensación de estar completamente sola y aislada.

Mis padres tenían bastante dinero. Sé que fue una época donde podías comprar terrenos por $100,000 pesos mexicanos de hoy, pero comparado con mis compañeros de la escuela privada, los niños no imaginaban que tuviéramos más de tres automóviles.

Eso me abrió los ojos: aunque todo costara lo mismo para todos, no todos podían comprarlo.

Si quieren juzgarme, adelante. Tenía 5 años y no había visto otra vida que no fuera acomodada.

A pesar de mi superioridad económica, mi enfoque era más intelectual. Me encantaba saber. El kínder al que asistía se encontraba en el mismo terreno que era propiedad de mi madre, así que iba a la escuela sola (sin permiso, claro), y parecía que no era tan mensa.

Desde los 4 años aprendí gimnasia olímpica y, a los 5, entré a Tae Kwon Do.

Mi complexión era muy delgada, comía mucho y tenía la suficiente fuerza para subirme a un árbol y quedar colgando de un brazo, luego bajar brincando desde un primer piso. Nunca me rompí un hueso (y sí, brincaba de mi ventana al patio estando en un primer piso).

Al salir del kínder, entré a la escuela privada donde me daban un año de inglés antes de poder entrar a la primaria. El cambio no me hizo llorar como normalmente todos lo hacían; sabía que iba a regresar y que sólo iba a ser un tiempo, mientras estudiaba. Era una niña muy ñoña, y recuerdo cómo descubrí que la información era poder en el momento en que aprendí a leer.

Mi personalidad siempre fue fuerte: una niña rara, muy consciente de la situación que me rodeaba. Así, fuerte, inteligente, ágil, crecí como una niña con estrella y todos me conocían por mi apellido, sólo que yo no lo sabía.

Entre los 6 y 7 años besé a mi mejor amiga a escondidas en un clóset. Ella lloraba porque los niños le decían que estaba fea por su corte de niño y yo simplemente la escondí, la besé en la boca y le dije que no dejara que nadie la hiciera sentir mal por cómo era. Sí, justo así.

En los veranos solía ir a cursos de verano, para no perder la costumbre de estar fuera de casa.

A los 8 años, forjada por la historia de Xena, la princesa guerrera, y la personalidad de Goku, de Dragon Ball, me autonombré sensei de mi nueva hermana menor.

Ella nació güera, de ojos azules, muy blanca y simplemente encantadora. No podía dejar que su físico hiciera que se volviera débil ante la vida, así que entrenaba con ella.

Le enseñé a ser fuerte, a no dejarse de nadie y a entender matemáticas. Nadie diría nada malo de ella.

Creo que fue a los 8 años cuando mi papá comenzó con problemas en su trabajo, y no estoy muy segura si también fue esa la edad en la que el vecino abusó de mí.

Tenía un vecino que me tocaba sexualmente, y como me hacía cosquillas, yo no decía nada. Hasta que vi en la tele que eso era malo (“Cuéntaselo a quien más confianza le tengas”) y se lo conté a mi hermana, que se lo contó a mi abuela, que se lo contó a mis padres.

El vecino vivía en el mismo terreno de mi mamá, pagaba la renta su mamá, y creo que él tenía entre 17 y 18 años. Al final lo corrieron de su casa. Me preguntaron si no me había hecho otra cosa y dije que no. Yo no recuerdo nada más.

Entre los 9 y 10 años tuve mi primer novio en la escuela. Resultó ser una apuesta, ya que yo le daba miedo a los niños de mi salón. Fue mi relación de verano, sin vernos.

Mi padre fue despedido injustificadamente. Sin embargo, al día de hoy no tiene un título y ahora entiendo por qué no pudo obtener un trabajo parecido después de American Airlines. A partir de ahí, comenzamos a vivir únicamente de mi madre: “¿Quieren ser niñas ricas de escuela pobre o niñas pobres de escuela rica?”

Así fue como la madurez de mi hermana mayor y mía nos mantuvo en la escuela privada.

A los 11 años comencé a tomar, por lo que determiné que esa información se encontraba fuera de mi niñez.

Hoy llevo una semana esperando que me entreguen la bolsita de coca que compré por internet (en Mercado de Facebook), y sigue sin llegar. Así que, a menos que no sea un fraude, ya fue.

Sígueme para más consejos acerca de cómo no comprar drogas y por qué son malas.


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