AutoBio 6: Camila
En realidad, no me sigan para consejos de salud. Ya pasaron los tres meses mínimos requeridos para hacerse un análisis de ETS y ni siquiera tengo cita.
Tengo TEPT, o como oficialmente nunca lo llamarán en el DSM-5: c-PTSD.
Básicamente, o tengo eso, o tengo lo siguiente:
Toda una bolsita de monerías. Sí que soy perfecta.
Aun así, ella me quiere...
Tengo TEPT, o como oficialmente nunca lo llamarán en el DSM-5: c-PTSD.
Básicamente, o tengo eso, o tengo lo siguiente:
- Trastorno depresivo mayor, crónico
- Trastorno de ansiedad generalizada
- Trastorno por uso de sustancias
Toda una bolsita de monerías. Sí que soy perfecta.
Aun así, ella me quiere...
Regresando a la época donde "Hola soy Ana" regía mi vida diaria.
Por ese tiempo pasó algo increíble. Mi hermana mayor llegó a mi recámara cuando yo estaba coloreando con mi hermana menor en el burro de planchar una tarde. Traía un perrito súper pequeño, cafecito, con unas orejas muy largas y un moño rosa enorme, más grande que él. Supuse que era hembra por el moño rosa, pero con mi hermana nunca se sabía, pues le encantaba el color rosa. Lo puso en el burro de planchar y dijo: “Se llama Camila, ¿les gusta?”. Paty y yo sonreímos; por supuesto que la queríamos, se veía muy tierna y calientita. Dijo que le preguntaría a mamá si nos la podíamos quedar, pues se la había regalado su novio: una cocker spaniel.
La perrita era hermosa, todas queríamos cuidarla y darle de comer, pero la dejaríamos dormir abajo para que no se acostumbrara a estar arriba y nos avisara si alguien quería entrar a la casa. Duró un día abajo; al siguiente, Bere se la subió y desde entonces durmió en nuestra recámara.
Lo que más me gustaba era cómo se ponía feliz al verme llegar a casa después de la escuela. Me hacía reír y, poco a poco, le tomé mucho cariño. Tenía una personalidad muy linda, no era gruñona ni se enojaba con nosotras cuando le poníamos ropa para dormir. Sabía dar la mano antes de que le enseñáramos y parecía entender muy bien lo que le intentaba decir. Estar con ella era lo que pensaba cuando llegaba a mi casa.
No recuerdo cómo fue que se me quitaron las ganas de vomitar después de comer, pero poco a poco volví a comer, obligada por mí misma, ya que comenzó a salirme mucha sangre de la nariz durante las clases y cada día me sentía muy cansada. Extrañaba cuando de niña me sobraba energía y quería ser fuerte, sobre todo porque tenía deseos de serlo.
En tercero de secundaria entró una nueva niña a mi salón. Ella era muy bonita y llamó mi atención; se llamaba Paty y era dos años mayor que yo. Tuvo mucha popularidad al inicio, pero a finales del año ya casi nadie le hacía caso. Yo comencé a hablar mucho con ella, quería saber de su vida y de su novio. Lo más característico de ella era la marca que tenía en su muñeca: se había caído un día de unas escaleras de caracol metálicas en su casa y, con un clavo, se había jalado la piel, haciendo que quedara una marca muy rara en su muñeca que se movía cuando ella movía el dedo medio de la mano.
Platicábamos de varias cosas; ella me contó que tenía depresiones a veces. Un día tuvo una convulsión después de hacer ejercicio en clase de deportes y quería saber más de eso. Llegaron rumores donde decían que su marca era en realidad un intento de suicidio, frente a sus padres, un día que estos se estaban peleando delante de ella. Después dijeron que su enfermedad era imaginaria, pues la madre había dicho que no tenía nada, que de niña alguna vez le pasó aquello de las convulsiones, pero que estaba bien.
Yo me enojé, pues se suponía que ella confiaba en mí y ahora otras personas estaban hablando de ella. Al día siguiente, después de que el chisme se corrió y le hicieron la vida imposible, se sentó en el descanso lo más alejada de la gente, en un rincón donde daba el sol en el patio de la escuela (siempre estaba ahí, decía que tenía frío), y yo la vi y pensé que no podía dejarla sola. Fui a hablar con ella y no me quería contar nada, hasta que, un rato después, me dijo: “Mira lo que hice”, y me enseñó unas nuevas marcas de cortadas en su muñeca. Le agarré la mano y le besé la muñeca, luego la abracé y le dije que todo estaría bien, que no hiciera caso de los demás, pues no sabían lo que hacían sentir con lo que decían.
Casi al final del año, la maestra de matemáticas (esa vieja) iba a reprobarla y Paty decidió hablar con ella cuando terminara la clase. Cuando creyó que estaba sola con la maestra y conmigo, comenzó a preguntarle si no podía pasarla, pues si reprobaba iba a perder otro año y quería entrar a la prepa ya (había dos amigas todavía en la puerta que se regresaron al escuchar la pregunta). La maestra, con su forma característica de hacer sentir mal a los alumnos, le dijo que no. Ella la trató de convencer y, de repente, comenzó a llorar. La maestra dijo que, aunque llorara, no podía hacer nada por ella si no sabía. Mientras decía eso, iba caminando a la puerta; Paty se puso las manos en la cara y se acostó en el pupitre. Yo sabía que en ese momento Paty se sentía muy mal y sólo quería que la maestra caminara más rápido y se fuera para que pudiera yo hablar con ella. Justo cuando la maestra estaba en la puerta, Paty levantó la cara y comenzó a insultarse (decía que era una estúpida) y a cachetearse (parecían más golpes, pues estaban bastante fuertes). Había estallado enfrente de la maestra y esta lo vio todo. Como no dejaba de hacerlo, me acerqué a ella y traté de calmarla abrazándola. Ella estaba segura de que no iba a terminar la secundaria y prefería estar muerta.
Después de ese evento, supongo que platicaron con ella. Faltaba poco para que terminara la escuela y no asistió a ninguna de las fiestas de fin de curso. Pasó matemáticas y después no supe nada de ella. Tuve varias amigas de las que ya no supe nada después, pues quedaban dolidas por cosas que ocurrieron al final del año (mi grupo siempre fue hipócrita).
Para entrar a la prepa no pensé en ningún lugar, mi madre simplemente me inscribió en la misma escuela porque, igual que en mis 15 años, decidí no hacer nada; no supe cuándo lo hizo. Creo haber salido de la secundaria con promedio de 9 (usé el último año para subir lo que bajé en segundo de secundaria).
Por ese tiempo pasó algo increíble. Mi hermana mayor llegó a mi recámara cuando yo estaba coloreando con mi hermana menor en el burro de planchar una tarde. Traía un perrito súper pequeño, cafecito, con unas orejas muy largas y un moño rosa enorme, más grande que él. Supuse que era hembra por el moño rosa, pero con mi hermana nunca se sabía, pues le encantaba el color rosa. Lo puso en el burro de planchar y dijo: “Se llama Camila, ¿les gusta?”. Paty y yo sonreímos; por supuesto que la queríamos, se veía muy tierna y calientita. Dijo que le preguntaría a mamá si nos la podíamos quedar, pues se la había regalado su novio: una cocker spaniel.
La perrita era hermosa, todas queríamos cuidarla y darle de comer, pero la dejaríamos dormir abajo para que no se acostumbrara a estar arriba y nos avisara si alguien quería entrar a la casa. Duró un día abajo; al siguiente, Bere se la subió y desde entonces durmió en nuestra recámara.
Lo que más me gustaba era cómo se ponía feliz al verme llegar a casa después de la escuela. Me hacía reír y, poco a poco, le tomé mucho cariño. Tenía una personalidad muy linda, no era gruñona ni se enojaba con nosotras cuando le poníamos ropa para dormir. Sabía dar la mano antes de que le enseñáramos y parecía entender muy bien lo que le intentaba decir. Estar con ella era lo que pensaba cuando llegaba a mi casa.
No recuerdo cómo fue que se me quitaron las ganas de vomitar después de comer, pero poco a poco volví a comer, obligada por mí misma, ya que comenzó a salirme mucha sangre de la nariz durante las clases y cada día me sentía muy cansada. Extrañaba cuando de niña me sobraba energía y quería ser fuerte, sobre todo porque tenía deseos de serlo.
En tercero de secundaria entró una nueva niña a mi salón. Ella era muy bonita y llamó mi atención; se llamaba Paty y era dos años mayor que yo. Tuvo mucha popularidad al inicio, pero a finales del año ya casi nadie le hacía caso. Yo comencé a hablar mucho con ella, quería saber de su vida y de su novio. Lo más característico de ella era la marca que tenía en su muñeca: se había caído un día de unas escaleras de caracol metálicas en su casa y, con un clavo, se había jalado la piel, haciendo que quedara una marca muy rara en su muñeca que se movía cuando ella movía el dedo medio de la mano.
Platicábamos de varias cosas; ella me contó que tenía depresiones a veces. Un día tuvo una convulsión después de hacer ejercicio en clase de deportes y quería saber más de eso. Llegaron rumores donde decían que su marca era en realidad un intento de suicidio, frente a sus padres, un día que estos se estaban peleando delante de ella. Después dijeron que su enfermedad era imaginaria, pues la madre había dicho que no tenía nada, que de niña alguna vez le pasó aquello de las convulsiones, pero que estaba bien.
Yo me enojé, pues se suponía que ella confiaba en mí y ahora otras personas estaban hablando de ella. Al día siguiente, después de que el chisme se corrió y le hicieron la vida imposible, se sentó en el descanso lo más alejada de la gente, en un rincón donde daba el sol en el patio de la escuela (siempre estaba ahí, decía que tenía frío), y yo la vi y pensé que no podía dejarla sola. Fui a hablar con ella y no me quería contar nada, hasta que, un rato después, me dijo: “Mira lo que hice”, y me enseñó unas nuevas marcas de cortadas en su muñeca. Le agarré la mano y le besé la muñeca, luego la abracé y le dije que todo estaría bien, que no hiciera caso de los demás, pues no sabían lo que hacían sentir con lo que decían.
Casi al final del año, la maestra de matemáticas (esa vieja) iba a reprobarla y Paty decidió hablar con ella cuando terminara la clase. Cuando creyó que estaba sola con la maestra y conmigo, comenzó a preguntarle si no podía pasarla, pues si reprobaba iba a perder otro año y quería entrar a la prepa ya (había dos amigas todavía en la puerta que se regresaron al escuchar la pregunta). La maestra, con su forma característica de hacer sentir mal a los alumnos, le dijo que no. Ella la trató de convencer y, de repente, comenzó a llorar. La maestra dijo que, aunque llorara, no podía hacer nada por ella si no sabía. Mientras decía eso, iba caminando a la puerta; Paty se puso las manos en la cara y se acostó en el pupitre. Yo sabía que en ese momento Paty se sentía muy mal y sólo quería que la maestra caminara más rápido y se fuera para que pudiera yo hablar con ella. Justo cuando la maestra estaba en la puerta, Paty levantó la cara y comenzó a insultarse (decía que era una estúpida) y a cachetearse (parecían más golpes, pues estaban bastante fuertes). Había estallado enfrente de la maestra y esta lo vio todo. Como no dejaba de hacerlo, me acerqué a ella y traté de calmarla abrazándola. Ella estaba segura de que no iba a terminar la secundaria y prefería estar muerta.
Después de ese evento, supongo que platicaron con ella. Faltaba poco para que terminara la escuela y no asistió a ninguna de las fiestas de fin de curso. Pasó matemáticas y después no supe nada de ella. Tuve varias amigas de las que ya no supe nada después, pues quedaban dolidas por cosas que ocurrieron al final del año (mi grupo siempre fue hipócrita).
Para entrar a la prepa no pensé en ningún lugar, mi madre simplemente me inscribió en la misma escuela porque, igual que en mis 15 años, decidí no hacer nada; no supe cuándo lo hizo. Creo haber salido de la secundaria con promedio de 9 (usé el último año para subir lo que bajé en segundo de secundaria).
Por cierto, dicen que la anorexia y la bulimia nunca se curan, yo sigo esperando que regrese mi época donde por lo menos pesaba normal. Sigo esperando estúpido destino.
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